El mundo antes de explicarse

Hubo un tiempo en que todo parecía suficiente.

El suelo podía convertirse en un océano, una rama en un tesoro, y dos manos juntas bastaban para inventar un universo.

La infancia sabía transformar las cosas.

No necesitaba grandes objetos, solo tiempo, curiosidad y algo de imaginación.

Un coche pequeño recorría continentes. Una manta era una cueva. El jardín entero podía convertirse en un lugar mágico .

Los días avanzaban despacio. El juego no servía para nada y justamente por eso lo era todo.

Quizá crecer no debería significar dejar atrás esa mirada. Recordar la infancia no es volver a ser niño, sino conservar la capacidad de encontrar asombro en lo pequeño, de inventar, de imaginar, de detenerse un momento antes de que el mundo vuelva a explicarlo todo.

Porque hay algo en nosotros que sigue necesitando creer que una simple rama todavía puede convertirse en otra cosa.

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