Hubo un tiempo en que todo parecía suficiente.
El suelo podía convertirse en un océano, una rama en un tesoro, y dos manos juntas bastaban para inventar un universo.
La infancia sabía transformar las cosas.
No necesitaba grandes objetos, solo tiempo, curiosidad y algo de imaginación.
Un coche pequeño recorría continentes. Una manta era una cueva. El jardín entero podía convertirse en un lugar mágico .
Los días avanzaban despacio. El juego no servía para nada y justamente por eso lo era todo.
Quizá crecer no debería significar dejar atrás esa mirada. Recordar la infancia no es volver a ser niño, sino conservar la capacidad de encontrar asombro en lo pequeño, de inventar, de imaginar, de detenerse un momento antes de que el mundo vuelva a explicarlo todo.
Porque hay algo en nosotros que sigue necesitando creer que una simple rama todavía puede convertirse en otra cosa.






Que bonito ..me encantó!! Gracias x compartirlo ovonmigo.
Gracias a ti por leerlo y sentirlo.
Me alegra muchísimo que te haya llegado.