Papá

Hay recuerdos que no saben de tiempo. Una mano que acompaña. La primera bicicleta. Una tarde plantando algo juntos.

La sensación de que, estando cerca, todo parecía posible.

De esas cosas que, cuando suceden, nadie imagina que un día se convertirán en tesoros.

Y hay algo que permanece.

La confianza. La complicidad. La risa que todavía se recuerda.

Esa forma de sentirse a salvo que nunca termina de irse.

Porque hay presencias que no dependen de estar cerca.

Siguen en lo que aprendimos. En lo que somos.

Y entendemos que algunas manos nunca nos sueltan del todo.

Solo encuentran otra manera de acompañarnos.

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