Hay encuentros que no necesitan palabras.
Basta la presencia, la curiosidad, la voluntad de observar sin invadir.
El mar está lleno de vidas que siguen su propio ritmo, ajenas a nuestras prisas, a nuestras certezas, a nuestra necesidad de controlarlo todo.
Quizá por eso nos conmueven. Porque al acercarnos a ellas, recordamos una forma más sencilla de estar en el mundo:
con atención, con respeto y con asombro.







